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sábado, 26 de enero de 2013

Me gusta tu texto, tu puesta en escena me caga


No es la primera vez que me lo dicen. Ignacio Escárcega en una curso anterior también me lo dijo, aunque con mucho mayor delicadeza, como es su estilo. Yo sé que escribo bien, que adapto bien. Que las letras y yo no nos llevamos mal y que, aunque a veces tenemos nuestros desacuerdos y una oración no siempre queda como me gustaría que quedara, en general escribir es algo que sé hacer. El problema es escribir en escena. ¿Me considero un director? No. Aún no, si no, ¿qué caso tendría querer estudiar? Creo que entiendo bien, creo que trazo bien. Pero dirigir, dirigir actores… En fin. Quedó bastante claro anoche que mis actores necesitan más apoyo para encontrar la verdad, el riesgo de las situaciones a las que se enfrentan. La farsa que he puesto sobre la escena aún no tiene contenidos verosímiles, profundamente emotivos.

Luego de la ronda de comentarios de los maestros me quedé a trabajar con los actores. Acción por acción intentamos llenarla de verdad, de olvidarnos del estilo de actuación y del público al que la puesta en escena estaba dirigida. ¿Funcionó? No lo sé aún. Ahora dudo constantemente de mi criterio. Ejercicios de los compañeros que me parecen afortunados, a los maestros les parecen fallidos. Los que a mi me parecen horrendos, a ellos una revelación teatral. No sé. Hoy volveré a ensayar en ese sentido. El último ensayo antes de la presentación final. Luego ya nada va a estar en mis manos.

Fe y sentido de verdad. De eso se trata el teatro, ¿no? Si alguien me preguntara qué quiero decir en la puesta en escena, yo respondería que quiero decir las ganas de matar, el deseo de destruir. ¿Pero puedo verdaderamente hacerlo a través de los actores? Estoy haciendo todo lo que puedo, por supuesto, pero ¿será suficiente?, ¿mi criterio será el justo?

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