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sábado, 19 de enero de 2013

Tabiques

El planteamiento plástico de la puesta en escena es muy seguramente la parte más endeble del proyecto. Se trataba de un gran trasto posiblemente desmontable, posiblemente con niveles, que ilustra el estereotipo de un castillo; torres, almenas, puerta levadiza, o sea, tal cual lo dibujaría un niño.

La tarea consistió en presentar un ejercicio que contradijera alguno de los planteamientos del proyecto. Decidí pedirles a los actores que jugaran con una nueva propuesta plástica, algo abstracto que se opusiera a lo concreto de la propuesta original. Les llevé seis piezas de celosía de barro y les pedí que las exploraran a nivel pre-expresivo.

El resultado fue más que interesante. Los objetos presentaron tres ventajas: uno, al ser un objeto frágil, pesado y peligroso obliga a los actores y a los espectadores a estar muy atentos; dos, al chocar uno con el otro producen una sonoridad muy atractiva que habrá que investigar después; y tres, los objetos pueden transformarse en un sinfín de cosas, por ejemplo en escalones, ventanas, ejércitos, etcétera.

Pero quizá el descubrimiento más importante es el siguiente. Los tabiques no sólo dieron oportunidad de hacer un replanteamiento plástico, sino de formular toda una forma de puesta en escena. A partir de ellos el montaje está condicionado a los objetos. La conclusión de esto era obvia, pero fue Gabriel Pascal quien la formuló con claridad: la estética de una obra de teatro depende de las posibilidades de significación que prestan sus elementos.

Él mismo propuso, de igual modo, poner en crisis la concepción del vestuario, pero me siento renuente a abandonar los kilts. Aun así lo cierto es que deben salir del ámbito de lo decorativo y adquirir cualidades, digámoslo de una vez por todas, semióticas en la misma proporción que los tabiques.

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